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Piaget y los Reyes Magos

January 9, 2017

 

Si al abrir los regalos el pasado día de Reyes su hijo se interesó más por la caja o el embalaje que por el juguete que contenía, o le llamó más la atención lo que su hermano recibió, quizás los tres sabios de oriente olvidaron tomar en cuenta algunos principios con respecto al juego, las edades y a forma en que los niños perciben la realidad.

 

Jean Piaget, el célebre psicólogo y biólogo suizo, señala que a cada rango de edad le corresponde una fase que no puede saltarse; es necesario pasarla para avanzar a la siguiente. Según Piaget el niño debe jugar porque la realidad le desborda, le falta información para poder procesarla y, no puede interactuar con ella; por tanto, van creando su propia realidad en función de los conocimientos que van adquiriendo.

 

Para adaptarse a la realidad, los niños deben repetir un ciclo de aprendizaje que comprende:

 

Asimilación: el niño se adapta a su entorno externo y recibe experiencias de éste. Va encajando sus conocimientos anteriores con los presentes. Recoge conocimiento.

Acomodación: para dar cabida a las experiencias externas, el niño modifica su estructura interna de pensamiento u organización cognitiva como respuesta al cambio externo.

Equilibración: equilibra las dos anteriores. Hasta que no ha acomodado correctamente lo asimilado antes, no inicia un nuevo proceso de asimilación

 

Adicionalmente, Piaget dividió en cuatro las fases del desarrollo cognitivo: sensoriomotora; preoperacional; operaciones concretas; y, operaciones formales.

 

En la fase sensoriomotora, que va desde el nacimiento hasta los 2 años, la única forma que tiene el niño de relacionarse con su entorno es a través de las percepciones físicas que recibe y su habilidad motora para interaccionar con ellas. Durante esta fase, a los niños les gusta manipular objetos, pero no entienden que sigan existiendo aunque se escapen del alcance de su vista. Para ellos, hasta alrededor de los 18 meses, un objeto que no ven, no existe.

 

La fase preoperacional comprende desde los 2 a los 7 años. Durante esta fase creen que los objetos inanimados tienen los mismos sentimientos y percepciones que ellos. Se caracteriza por el egocentrismo y la fantasía con la que ven todo. Sus estructuras mentales se van desarrollando y ya son capaces de asociar imágenes u objetos a significados distintos del que tienen. Por ejemplo, pueden coger una caja y pensar que tienen un coche. Es lo que se llama el juego simbólico o de ficción.

 

De los 7 a los 12 años tiene lugar la fase de las operaciones concretas, que recibe este nombre porque en ella los niños empiezan a aplicar la lógica –con sus limitaciones–, a sus situaciones cotidianas. El razonamiento se centra en el presente, no saben  realizar operaciones ahora para conseguir una recompensa futura. Ya desde los 6 años tienen un elevado nivel de comprensión, de causalidad, razonan tanto de forma inductiva como deductiva, entienden efecto y causa. De los juegos de bloques y construcción pasan a los  que tienen reglas e inicia el interés por los juegos colectivos, incluyendo los de mesa o los deportivos. Hacia los nueve se vuelven competitivos y es una edad propicia para fomentar la lectura. Al acercarse a los 12 los niños gustan de construcciones más complejas, en tanto que las niñas prefieren replicar situaciones de la vida real. A esta edad los grupos de amigos son más bien cerrados.

 

Después de los 12 años inicia la última fase del desarrollo cognitivo, la de las operaciones formales, en la que los niños adquieren una visión más abstracta y conceptual de su universo, aplican el razonamiento para crear analogías y patrones de comportamiento. Son capaces de crear conjeturas, probabilidades, casuísticas para solucionar un problema. Su habilidad para argumentar y debatir ya está desarrollada. Más cerca de la adolescencia que de la infancia, en esta etapa destacan más los juegos de grupo con reglas complejas, aquellos que requieran aplicar la lógica, análisis metódico y estrategia.

 

Cada niños es distinto; un universo en sí mismo al que hay que asomarse para profundizar. Piaget fue un gran observador de sus propios hijos, de sus juegos, progresos e intereses. Ejemplo que debemos seguir para acertar tanto en la procuración de su formación y desarrollo, como en la siguiente carta a los Reyes Magos.

 

 

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